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Adolfo Orive Coordinador GPPT-ALDF
Izquierda “a secas”
La autocrítica como proceso corrector de errores y capacitador de habilidades es esencial en quienes pretendemos transformar la realidad del país. Es muy reciente que en el debate acerca de la izquierda mexicana, las propias fuerzas que la conforman hayan introducido el término “moderno” para designar posturas, corrientes y dirigentes que dialogan y acuerdan con el poder. Sin que esto sea necesariamente malo, hay que establecer el énfasis en que todo ello puede hacerse siempre y cuando no se renuncie a los principios y a la esencia de la ideología que persigue la justicia social en beneficio de todos.
Desde 1988, la izquierda “moderna” mexicana se ha ido conformando gracias a las reformas al régimen político electoral (que culminaron en 1996) y a los procesos que han permitido que candidatos del PRD, PT y Movimiento Ciudadano asumamos cargos de representación popular.
Muchos de estos candidatos, debido a su popularidad —que no a una trayectoria, prácticas e ideología de izquierda— ganan elecciones y, ya en el gobierno, se hacen acompañar de la tecnocracia, que estiman indispensable en el cumplimiento de su responsabilidad. Pero tanto unos como otros asumen que la forma neoliberal del capitalismo imperante es una realidad inmutable cuyos agravios a las mayorías solamente se pueden mitigar.
De ahí que, modernizar a la izquierda en México ha significado adaptarse a las condiciones en las que nuestra economía ha sido insertada en la globalización neoliberal, aceptar al mercado y a la libre empresa como los únicos motores creadores de riqueza nacional, colocar al individuo por arriba de la comunidad y a la competencia por arriba de la cooperación y la solidaridad.
Igualmente, dicha modernización de la izquierda ha implicado reducir la equidad a un asunto formal de derechos, desconociendo que sin proporcionar las oportunidades para adquirir capacidades, no se pueden ejercer las libertades otorgadas por tales derechos.
Y desde la esfera del gobierno, modernizar a la izquierda ha significado tener como tarea principal emitir políticas públicas sociales que mitiguen los males generados por la forma neoliberal del capitalismo, que no son otra cosa que programas asistenciales, creadores de relaciones clientelares, y ello porque no existe la más mínima posibilidad de construir un estado de bienestar si no hay un desarrollo económico incluyente, sostenible y suficientemente generador de empleo, es decir, constreñirse a realizar políticas cortoplacistas.
Y tal modernización también ha implicado que desde el gobierno como desde los partidos, se ejerza el viejo principio de autoridad tomando las decisiones de manera vertical. En los partidos ya no discutimos el puerto al que se pretende llegar ni el trayecto a seguir, sino el acomodo en los cargos públicos. Tampoco las diferencias ideológicas ni las diversas posiciones políticas. Nos hemos dedicado a la grilla personal, a sumar adeptos para lograr puestos, a desprestigiar al contrario y a repartir prebendas. Sobre todo nos dedicamos a ser populares —o consentidos de los jefes— para ganar encuestas y candidaturas.
Esta modernización ha desdibujado tanto a las políticas como a los políticos de la izquierda ante la ciudadanía y la población, ya que no hemos sido capaces de diferenciarnos suficientemente respecto a los del PRI o del PAN.
Cualquiera que sea su discurso, la izquierda “moderna” es en los hechos una posición política y una concepción ideológica de centro, hegemonizada por una derecha moderna dominante, la cual genera un sentimiento de abandono en la gente.
Esa izquierda ha expropiado, también en los hechos, a esas mayorías toda perspectiva de futuro, pues les ha hecho ver que en el mundo del mañana no tienen cabida, ya que ese nuevo mundo es sólo de los poderosos.
Con sus medidas asistencialistas y, por lo tanto, sus actitudes paternalistas y autoritarias, la izquierda “moderna” hace pensar y sentir a la gente que realmente no existen oportunidades para capacitarse, mejorar su nivel y calidad de vida, transformarse en ciudadanos plenos, ser sujetos de la historia.
Al igual que a las social-democracias de Alemania, Inglaterra, España, Grecia e Italia, el neoliberalismo ha hecho caer a la izquierda mexicana en una crisis profunda de la que no saldrá mientras no la transformemos en izquierda a secas.
Urge el cambio. Urge una izquierda que construya y difunda una convincente y duradera visión de futuro, identificada con las aspiraciones de las mayorías. Urge una economía política que siendo capitalista transforme su forma neoliberal: ser más productiva que financiera, más nacional que globalizada, más incluyente de las micro, pequeñas y medianas empresas en cadenas de valor, más generadora de empleo productivo y mejor pagado y con una intervención decidida del Estado que vuelva a darle rumbo de largo plazo.
Urge sustituir a las clientelas por verdaderos ciudadanos, y tanto a la alta tecnocracia como a los candidatos “populares”, por políticos con ideas y trayectorias de izquierda. Urge retomar los valores y la ética de la que ahora llaman “la vieja izquierda”.
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